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 la sanidad .....

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turkita_kali
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MensajeTema: la sanidad .....   Dom Abr 25, 2010 2:54 am

El acercamiento del prometido y glorioso reino terrenal fue predicado a los judíos solamente, acompañado por sanidades (poderes del siglo venidero; Heb. 2:2-5; 6:5) . Véase Mateo 10:5-8; 9:35. En Mateo 13:11-15 está indicado el retiro de la oportunidad de bendición nacional, el retroceso de lo que se había acercado, debido a los oídos cerrados contra el mensaje. Como ya se ha demostrado, esto sucedió durante la edad apostólica. (Léase Hechos 28:26, 27; 13:-16-51)
Nuestro Dios es siempre el mismo en amor y poder, pero su trato con la humanidad varía en cada dispensación. Nosotros, pecadores salvados de entre los gentiles, no debemos tomar para nosotros lo que es puramente judaico y pertenece a una dispensación pasada; eso no es "trazar bien la palabra de verdad".

Hay que decir con toda claridad que Dios obra milagrosamente en toda edad cuando y como le plazca, en esta edad como en otras. En tiempos de enfermedad, debe ejercitarse la fe en Dios para que, siendo su voluntad, Él sane. Las enfermedades, como todas las otras aflicciones y pruebas, son frecuentemente procedimientos disciplinarios para el hijo de Dios, permitidos con un propósito sabio y amante (2 Cor. 12: 9, 10; Heb. 12:5-11) , aun cuando, como a veces sucede, Satanás sea el medio directo. (Job 2:6,7) Una vez realizados los propósitos divinos, la especial disciplina termina. (Job 42:10.) A veces, sin embargo, la voluntad de Dios es que tal disciplina permanezca.

No somos librados de dolor y tristeza, ni de la muerte, ni de la necesidad de ganar nuestro pan con el sudor de la frente. ¿Por qué, entonces, hemos de ser librados de la enfermedad, que es sólo uno de los tantos resultados de la caída? Todavía "gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo". Esta redención será cuando venga el Señor, "el cual transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria, por la operación con la cual puede también sujetar a sí todas ]as cosas". (Filip. 3: 21.) "El que levantó a Cristo Jesús de los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros." (Rom. 8:11.)

Suele citarse Éxodo 15:26 para apoyar la teoría de que todo creyente puede reclamar la inmunidad de la enfermedad: "Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu Sanador". Esta es una promesa para la raza judaica (comp. Deut. 7:12-16); jamás se ha hecho semejante promesa a los gentiles. En Lucas 13:16 leemos de una mujer con espíritu de enfermedad; Cristo dijo de ella: "A esta hija de Abraham, que he aquí Satanás la labia ligado dieciocho años, ¿no convino desatarla de esta ligadura?": una hija de Abraham, y como tal heredera de las promesas hechas a la raza. (Rom. 9:4.) Sí, es indispensable que sea librada, pero ¿qué parte tiene el gentil en esto? La gracia anticipaba el día cuando por el arrepentimiento la nación alcanzaría la plena contestación a las promesas.

Contrástese este incidente con el de Mateo 15:22-28, el de la mujer cananea que solicitaba sanidad para su hija, una "perra" de los gentiles, según la expresión del judío orgulloso de su raza: expresión de desprecio que el Señor utiliza para probar a la mujer, para ver si busca la bendición como prerrogativa de nacimiento, en igualdad con el judío, o como un acto de pura gracia de parte del Señor. El le dice: "No es bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos"; sin embargo, sana a la hija con bondad misericordiosa cuando ella confiesa que su lugar esta fuera del pacto de bendición. (Mat. 15:24, 27)
La promesa citada de Éxodo 15:26 no habla de quitar la enfermedad, sino que promete completa inmunidad de ella; es una promesa para los perfectamente obedientes. ¿Por qué no se reclaman las otras promesas para la obediencia y que se encuentran en Deut. 7:12-16 y Deut. 28:1-14? Ninguno se atreve a hacer esto. Salmo 103:3-5 ("el que sana todas tus dolencias", etc.) también presupone la obediencia, para la nación que estaba bajo la ley. "Si vosotros sois de Cristo" -escribió Pablo a los gálatas (Gal. 3:29) - "ciertamente la simiente de Abraham sois, y conforme a la promesa los herederos": no los herederos de las bendiciones y maldiciones dadas a una nación bajo la ley, sino hechos libres: no siervos, sino hijos, herederos de Dios por Cristo (Gal. 4:5-7) , benditos "con toda bendición espiritual en lugares celestiales en Cristo": bendiciones de las cuales las terrenales sólo eran una figura. "La ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la misma imagen de las cosas...". (Heb. 10:1.)
Mateo 8:16, 17 (citado de Isaías 53:4) es otro texto favorito de los Pentecostales, (que insisten en que la sanidad del cuerpo esta en la obra expiatoria de Cristo y que todo hijo de Dios ha de reclamarla como su privilegio. Las palabras son estas: " . . . y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías, que dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias". Pero el cumplimiento de las palabras de Isaías aconteció en el tiempo indicado, es decir, en la vida del Señor, y no en su muerte. Cristo hizo la expiación por la sangre de su Cruz, y no en su vida de servicio. Estas palabras no tienen, pues, ninguna referencia a la expiación, sino a "llevar" en simpatía o como una carga de aflicción sobre el espíritu. La misma palabra griega se usa en el versículo que dice "sobrellevad los unos las cargas de los otros". En la Escritura que dice: "El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero", se usa una palabra completamente distinta en el texto original: una que significa "llevar en forma de sacrificio, expiar por medio de la muerte". El Señor Jesús suspiró profundamente en presencia de un hombre sordo y mudo, y se conmovió en espíritu y lloró frente al sepulcro de Lázaro, viendo los resultados del pecado. Fue una carga sobre su corazón. El llevó en calidad de sacrificio nuestros pecados; llevó como un pesar las dolencias y enfermedades, las consecuencias del pecado.

En Isaías 53:5 leemos: "Y por su llaga fuimos nosotros curados"; Pero, como el texto comprueba, y otros pasajes confirman, es la sanidad del alma, y no la del cuerpo. (1 Ped. 2:24; Sal. 147:3; Sal. 41:4.)
Si dones sobrenaturales de sanidad existen ahora, entonces todos los que pretenden poseerlos deben ser probados por las Escrituras; las curaciones deben ser instantáneas y perfectas, sin tomar en cuenta la naturaleza del mal, sea orgánico o de otra índole; no deben imponerse condiciones para la curación, ni debe haber ningún fracaso. (Hech. 5:16.)
A veces hay sanidades en una medida parcial en las campañas de los sanadores. Lo mismo sucede en las reuniones de espiritistas y en lo que se llama ciencia cristiana, mediante reliquias católico romanas, y en países paganos por medio de fetiches y encantamientos. Es por la influencia de la mente sobre el cuerpo; a veces por el poder de Satanás, quien puede obrar grandes señales y maravillas mentirosas para engañar.

Si la sanidad fuera una prerrogativa nuestra como hijos de Dios, lo sería, no por medio de un sanador, sino por nuestra fe personal, como lo es la salvación. Esto no se enseña en las Escrituras. Si un hombre tuviera el don de sanidad de parte de Dios, entonces la responsabilidad de la curación recaería sobre él, y no sobre el enfermo. Los discípulos recibieron poder por el cual sanaban, y el Señor mismo los hizo responsables de los fracasos que tuvieron. (Véase Mateo 17: 19-21.) En cuanto a las pretensiones del día de hoy acerca de pañuelos bendecidos, las Escrituras dicen aún en el caso de Pablo, el mayor de los apóstoles, que se trataba de milagros especiales y señales de su apostolado. (Hech. 19:11, 12; 2 Cor. 12:12.) Los únicos apóstoles a quienes las Sagradas Escrituras mencionan como obradores de milagros en los últimos días, son apóstoles falsos. (2 Ped. 2:1: Mat. 24:24; 2 Cor. 11:13.)

Se deja ver una crasa superstición en la disposición de mucha gente a creer en cualquier cosa milagrosa, sin averiguar su origen, especialmente si la acompaña un uso plausible de las Escrituras, valiéndose de textos que tienen su aplicación a dispensaciones pasadas o al periodo transitorio de Los Hechos de los Apóstoles. Las Escrituras enseñan que obreros de iniquidad harán obras notables, y las harán en el nombre de Cristo. (Mat. 7:22, 23.) Puede haber mucha verdad en la predicación, pero Satanás sabe mezclar sus mentiras con la verdad.

El mal éxito en la mayoría de los casos en que se presentan enfermos para ser sanados, y el carácter alucinante de muchas de las "curaciones" que se revela después de un corto tiempo, condenan los actuales movimientos de sanidad como de origen no divino; otros son los poderes que los ayudan.
La influencia de la personalidad, el fomento de la excitación a intensa expectación y emoción, la música lenta y somnolienta, la repetición continua de una idea, el frotar de la frente, el poder de los ojos y un grito repentino, producen un estado parcialmente hipnótico en el cual el sujeto puede caer al suelo, sin perder el conocimiento. Esto caracteriza un cierto estado de hipnosis parcial. En tal condición la mente está completamente bajo el poder del "sanador". Muchos casos de profesadas curas en enfermedades graves, no han resistido la prueba de la investigación por personas ajenas al movimiento y capaces de juzgar. El colapso completo y en algunos casos el enajenamiento mental que sigue, comprueban que la curación ha sido espuria. Donde obra Dios, El lo hace de una manera digna de Él.

En las epístolas encontramos que Timoteo, Epafrodito y otros enfermos no fueron sanados milagrosamente; lo mismo sucedió con Pablo, afligido de alguna manera corporal sin curarse a sí mismo ni a otros, porque los dones milagrosos habían cesado. Las epístolas posteriores guardan silencio acerca de sanidades, lenguas y todo don milagroso.
Considérese cuidadosamente 2 Cor. 11: 30; 2 Cor. 12:9; Filip. 2:24-30; 2 Tim. 4: 20. Estas escrituras tratan de tiempos que vinieron después del ultimo mensaje de Pablo a Israel en Hechos 28:28. En ellas no se aconseja al enfermo acudir a un sanador; a Timoteo se le recomienda emplear medios naturales; no se presenta al enfermo doctrina acerca de la sanidad, ni hay reprensión por falta de fe; antes, como en el caso de Pablo y en los casos de otros siervos de Dios, encontramos paciente sumisión con confianza en la sabiduría y el amor de Dios.
No es, por cierto, razonable suponer que sea fuera de la voluntad de Dios el valernos de conocimientos médicos alcanzados mediante la investigación en cuanto a alimentos apropiados, condiciones sanitarias y probados remedios para la enfermedad. Si se rechazan los servicios del médico, tampoco se debe acudir a los del dentista u oculista.
En la carta a los colosenses Lucas es llamado "el médico amado". ¡Cuántas veces los servicios profesionales prestados a los que sufren en sus cuerpos han ganado el amor y han abierto el camino para el mensaje del evangelio!

En Santiago 5:14, 15 hay una promesa dada a creyentes de esta dispensación relativa a la sanidad. La carta de Santiago fue dirigida a "las doce tribus que están esparcidas" mientras todavía se proclamaba el testimonio a la nación, la oferta del reino. La promesa de sanidad tenia una aplicación especial para ellas. La oración de fe es oración que descansa confiadamente o en las claras promesas de la palabra de Dios o en una inequívoca convicción acerca de su voluntad, dada por Dios mismo en cualquier circunstancia en la cual su voluntad no ha sido revelada en su palabra. En aquel tiempo, antes que hubiesen terminado los dones milagrosos, y mientras Dios en su gracia ofrecía aun a Israel las bendiciones del reino, en espera de su arrepentimiento (Heb. 6:5; 2:4) , un creyente judío, andando en obediencia, podía esperar la sanidad divina en vista de las promesas hechas a la nación. En estos tiempos, creyentes judíos y gentiles pueden ofrecer la oración de fe para la sanidad, no sobre la base de promesas hechas a la iglesia, porque no las hay, sino donde Dios ha dado el testimonio de su voluntad mediante la voz del Espíritu en el hombre interior. No habiendo esta seguridad, el creyente puede encomendarse en las manos de Dios, sabiendo que en la sabiduría y amor divinos lo mejor será hecho.

Con respecto a la unción con aceite en el nombre del Señor, esta no es una unción ceremonial, ya que la palabra griega que se usa en esta conexión no se encuentra en el pasaje; aquí es un término que en los escritos griegos se usa para masajes. El aceite se emplea mucho en el oriente para esto. El énfasis está sobre la ultima parte, "en el nombre del Señor". Cualquiera sea el remedio que se utilice, su uso ha de ser en dependencia del Señor.
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